
Porque si es buena o mala una influencia, no se podrá ver hasta que se manifiesta esa determinada influencia en un determinado comportamiento humano. Es entonces cuando se puede decidir que esa influencia derivó en un gen social positivo o negativo.
Y por eso preferimos hablar de efecto positivo o negativo, según influya en mejorar el comportamiento humano de partida o, por la contra, empeorarlo. Por ejemplo, acostumbrar a un bebé a que se considere guapo, es un gen social negativo. Pero acostumbrar a un bebé para que considere interesante la lectura, sería un gen social positivo. Creerse bello, apantalla tu gen biológico de adaptarte con empatía y solidaridad, ese que evita caer en una sobreestima, que te hace «mejor» que los demás… y, al contrario, hacerte lector fomenta tu curiosidad, tu capacidad de adaptarse a conocer más cosas de la realidad…
El concepto de malo o bueno se lo dejamos a Sócrates y sus preguntas. Aquí preferimos valorar el resultado en función de que beneficie o no al humano, que se está comportando de una determinada forma, tal como indicamos en el párrafo anterior… y, por supuesto, a los demás seres humanos con los que se está relacionando.
Porque será positivo si el beneficio de uno ayuda al beneficio de todos, es decir, todos sacan algún beneficio… o, por lo menos, una inmensa mayoría. No puede depender nunca de lo que decida, que es bueno o malo, una minoría. Que, para colmo, suele ser la que mantiene oprimida a la mayoría.
Ese es un criterio básico, en sociogenética, para diferenciar si un resultado es positivo o negativo. No vale la opinión de un solo individuo, pero tampoco vale la de una minoría de ellos. Y aunque, como bien decía Sócrates en este caso, la opinión de una mayoría poco culta, no es precisamente garantía de una auténtica democracia… pero es lo que tenemos por ahora. Y más debe valer el error de la mayoría, que el error de una minoría. Solo hay que evitar la malsana manipulación de «la mayoría»!!!
¡Anímate!