
Y lo somos, por habernos hecho paso a paso… o lo somos porque alguien nos fue haciendo. En ambos casos, la esencia de lo que somos la tenemos bien dentro de nosotros.
Y curiosamente, nuestro primer gran problema es darnos cuenta de esta gran simpleza, revestida de total complejidad.
Porque muchos leemos el “somos” y aún no hemos asumido qué puede querer decir ese plural. El plural mayestático del Papa de Roma, que no es tan incoherente como se cree, ya que en él están metidos todo los papas anteriores al hablante actual.
Así que podemos volver a un apunte hecho ya hace tiempo, en otra parte del blog, sobre el fenómeno de que nuestro ADN responde a una multitud de improntas, a partir de seres humanos (y animales inferiores) que existieron sobre la superficie terrestre, mucho antes de que naciéramos nosotros.
Y dado, como aquí sostenemos, que nuestra mente solo es el reflejo de lo que nos manda hacer nuestro ADN, tenemos un claro problema : ¿Por qué solo ha de caber un ego en nuestro cerebro? Dicho de otro modo más cotidiano, ¿qué impide la okupación, natural y libre, de nuestra mente?

Existe el llamado amigo imaginario, al que algunos sabihondos tratan como si fuera algo negativo. Y no se les hace mucho caso, porque, como ocurre con las maquinitas de videojuegos o el móvil, se usan por los adultos para mantener enganchados a las crías humanas. Como en una especie de garaje, para que no molesten. Sobre todo si son de esa especie de crías, que no suelen quedar tranquilas en un rincón, entre otras cosas, por sentir la gran necesidad de descubrir cosas.
Incluso aunque solo sea conocer la disponibilidad de su madre a las necesidades que ese bebé puede plantear. Totalmente involuntarias, en principio, pero tan necesarias como cualquier otra. Ya que en esa temprana edad, ¿cómo se sabe lo que puede ser más necesario para el bebé?
Y ahí, precisamente, es dónde entra a jugar su papel el amigo imaginario.
¿Quién puede estar más cerca del ego (o yo), que está tomando el mando en la mente de esa cría humana, que otro ego, otro yo, que le pueda ayudar en sus necesidades? Sea para intensificar la petición de ayuda, sea para remediar en parte su no asunción por parte del mundo adulto que lo rodea. ¿Qué mejor que alguien te diga dentro de tu mente : “calma, amigo, que los adultos tardan un poco en contestar.
Porque, seamos serios, el amigo imaginario no viene de ninguna tienda. Se va construyendo en nuestro propio cerebro/mente, en función de esas necesidades no atendidas. Puede tomar una imagen de la realidad que nos rodea, el típico osito, pero el lugar donde reside… y residirá hasta que le echemos fuera… es algún rincón desorganizado de nuestra propia mente. Realmente/virtualmente es algo más nuestro que nuestra propia sombra, esa que siempre nos acompañará mientras vivamos.

Cuando escuchamos a los otros : amigos, verdaderos o falsos, simple personal que se sitúa a nuestro alrededor (en la calle,el bar, la disco, el campo de deporte…), podemos hacerles caso o no. O, lo que es mucho peor, creer que no le hacemos caso, pero en el fondo su consejo nos queda grabado mentalmente a fuego.
A veces no sabemos muy bien ni siquiera a quien estamos escuchando. Solo escuchamos voces… pero sí sabemos muy bien su procedencia.
Y entonces reaccionamos…
Aunque no sepamos muy bien el motivo. Lo que podemos llamar la razón de nuestro movimiento… podemos caminar de frente, o hacia un lado… podemos coger un arma, que nos ofrecen, o que no la cojamos… pueden ser muchos los movimientos, que hacemos conscientes de hacerlos… o, muchas veces, al poco rato, ya no sabemos la causa de que los hiciéramos.
Y entonces volvemos a reaccionar… eso sí, ya muy perdidos!!!

Estamos empeñados en creer que la mente es menos compleja de lo que es. Aunque nos guste reconocer, sobre todo cuando nos conviene, que sí es algo complicada. Y, sobre todo, despreciamos, queremos despreciar, su gran capacidad para tener múltiples yos en su casi infinito espacio.
Dejamos de lado otros protagonistas menores de nuestras reflexiones, como el violado Dave, por ejemplo. Partamos del conformista Marcello, recientemente tratado en este blog.
¿Cómo estaba ocupada la mente de Marcello, para que le fuera tan difícil alcanzar esa renovación que tanto buscaba?
Porque, lo único claro que tenía Marcello, era que solo de él dependía que lo lograra o no. Ni la Religión ni la Política, ni siquiera eso llamado Amor… le podían aportar soluciones a su gran y profundísimo problema existencial.
Y menos le valían las preguntas de un tibio Sócrates que, para más inri, se suicidó, tal como le pedían los que le condenaban por pensador y preguntón.

Así que vamos a pasear, en estas reflexiones que tanto nos gusta hacer aquí, por dentro de una extraordinaria película : Fight Club.
Y como aquí no hay problema en destripar el argumento, ponemos ese cacahod e wikicita, que nos aclara algunas ideas básicas sobre estos dos personajes, que realmente habitan la mente de uno solo.
Un apunte (wiki) de Fincher sobre los personajes… para no perderse en la lectura (por culpa de ellos).
Fincher dijo que Fight Club era una cinta del género coming-of-age, al tiempo que describió al narrador como un personaje tipo «hombre común», del que delineó su trasfondo: «Él trata de hacer todo lo que le enseñaron a hacer, buscando encajar en el mundo convirtiéndose en lo que no es». No puede encontrar la felicidad, así que recorre el camino hacia la iluminación, por el que debe «matar» a sus «padres», su «dios» y su «maestro». Al principio del filme, ha «matado» a sus padres, y con Tyler Durden, hace lo mismo a su dios al hacer cosas que se supone que no debe hacer. Para completar el proceso de maduración, debe de matar a su maestro, que es Tyler.
Según el director, el personaje es un «opuesto noventero» del arquetipo de El graduado (1967): «Un tipo que no tiene un mundo de posibilidades delante de él, no tiene posibilidades, literalmente no puede imaginar una forma de cambiar su vida». Está confundido y enfurecido, por lo que responde a su entorno creando a Tyler, un Übermensch —«superhombre»— nietzscheano, en su mente. Mientras Tyler es lo que el Narrador quería ser, este no es empático y no le ayuda a tomar decisiones en su vida «que son complicadas y tienen implicaciones morales y éticas». Fincher explicó sobre Tyler: «Puede tratar los conceptos de nuestras vidas de una manera idealista, pero no tiene nada que ver con los compromisos de la vida real como el hombre moderno lo sabe. Lo cual es: No eres realmente necesario para mucho de lo que está pasando».

Le mangamos al director dos frases que definen perfectamente la situación que nos lleva a jugar con los genes sociales. Positivos o negativos, aunque lo normal es que deriven casi siempre en negativos. Debido sobre todo a la influencia negativa del ambiente dónde nos movemos. Y que somos algo reacios (inercia) a no dejarnos.
En esa influencia es donde reside la fuerza mutante del gen social, en su lucha por neutralizar, e incluso desbordar, al gen biológico, que le toca placar.
Puede ser conveniente matizar lo que dice Fincher de que el Narrador es el creador de su otro yo. Porque la cosa mental, la factoría de la mente, no funciona con tanta facilidad.
En concreto, la operación de que vaya tomando más peso mental otro yo, de los muchos posibles que tenemos en la mente, no corresponde a una acción volitiva por nuestra parte. Esos yos se van generando, y adquiriendo su potencia operativa, sin que intervenga para nada la voluntad del cerebro donde habitan. No pueden ser creados por nuestro Yo principal.
Como iremos viendo, la concreción de un yo, es un proceso involuntario, que se produce por una gran diversidad de incentivos. Y si bien la conciencia puede optar a estar en conocimiento de ciertas tomas de posición, resulta muy difícil de descubrir los pasos que va dando ese cambio mental. Son una acumulación de pequeñas trifulcas, de donde asoma un yo más grande. Por lo que resulta muy muy difícil ponerle obstáculos, que realmente frenen su maduración.

Decimos, en principio, que el narrador protagonista es uno solo. ¿Solo uno?
Porque ya no puede tener un amigo imaginario infantil… pero, ¿qué impide tener amigos imaginarios con edad de adolescente o superior?
Si se siente solo y se ve incapaz de tener posibilidades, para “encajar en el mundo”, por qué no buscar ayuda “dentro de uno”, cuando además en la construcción de la mente, a partir del ADN, fueron quedando flecos, con posible aproveche por parte de algún yo, que se siente desplazado. Porque hay yos muy sentidos.
Desde luego, por muy tímido que uno sea, siempre le resultará más fácil escucharse “a sí mismo” que a un prójimo externo.
Y precisamente ahí, es donde interviene nuestro particular Tyler Durden.

Porque no se trata de luchar contra un Pepito Grillo algo viejuno y cargado de buenas intenciones… ese lado bueno de nuestra mente, que parece ser el ángel de la guarda laico, para evitar que nos perdamos en modo Pinocho de carne y hueso.
No, este Tyler, que se aproxima (por dentro), puede traer las pilas cargadas con toda esa energía negativa que fuimos escondiendo en lo más profundo de nuestra mente.
Y que, por motivos varios, no supimos encontrar el mecanismo mental, que nos permitiría ir descargando tal energía con paciencia y perseverancia.
No fuimos capaces de irnos desembarazando de los pequeños Tyler, que se querían formar en nuestra mente, aprovechando nuestros momentos de ira (por ejemplo)… y así, en determinadas circunstancias, altamente estresantes, se nos presentan como un colectivo «monotyler», dispuesto a ocupar una parte significativa de nuestro espacio mental.
Así que no son dos, es un solo narrador con un bicho tyler dentro. O el Tyler, que el narrador quería ser, con un bicho narrador dentro. Las dos son posibles caras de un mismo ente.

Y nada como una pausa, llegados a este momento crítico, para rebuscar en la novela del Stevenson lo que podemos llamar un deja vu de esta nuestra montaxe teórica.
Como rematamos la entradaa anterior, y como decían nuetros reyes llamados católicos, tanto da hablar de un Dr. Jekill, que contiene un Mr. Hyde, que de un Mr. Hyde que contiene a un Dr. Jekill.
Desgraciadamente, dado el proceso evolutivo de una mente, en condiciones normales (de presión y temperatura sociales), siempre se acaba con la toma del poder por parte del yo más combativo, más pendenciero, más certero en el usos de tretas y artimañas, para doblegar al yo más tranquilo, menos revoltoso.
Dicen que es ley de vida, aunque este aspecto de la cultura popular sí que ya no resulta totalmente científico.
La vida es mucho más compleja que una simple sucesión estadística de hechos más o menos fortuitos. Al menos en su vertiente macro. Otra cosa será si la observamos a nivel microscópico, donde el azar tiene mucho más protagonismo, pudiendo ser decisivo.