
Pero, que la condición de ama de casa sea una versión algo mejorada de la monja de clausura, no es un hecho que provenga de la evolución natural de las cosas. Ni siquiera en su versión bíblica abrahámaica, tan machista ella. Y aunque en ese terreno bíblico la mujeres no salgan muy bien paradas.
La división social del trabajo, tanto doméstico como andar a buscar el alimento, fue un constructo social muy claro. Es decir, responde a una decisión política, que tomó la sociedad adulta dominante (SAD), una vez declarado, por el motivo que fuera, que la mujer no tenía ni voz ni voto. O, por lo menos, no tenía derecho al voto.
Y así empieza a construirse la sociedad humana androcéntrica. Con el control social del macho humano y teniendo a la hembra bajo su dominio. En cierto modo, como si fuera su propiedad. Y de las hipotéticas amazonas, por ahora, pasamos.
Pero esa pesada losa la seguimos arrastrando, cuando un marido del siglo XXI sigue diciendo que mató a su esposa o amante, porque era SUYA.
¡Anímate!