
… por necesitar «fuerza bruta»..
Aunque en buena lógica, esa energía necesaria (para hacer más fuerza) solo valdría para seleccionar el tipo de jugador, independiente del sexo. Pues siempre puede haber niñas con capacidad para hacer mucha fuerza.
Pero ya reflexionaremos un día sobre el papel que juega lo que se llama costumbre, que acaba siendo tradición, y que no es otra cosa que el implante de genes sociales. Las típicas etiquetas «de nacimiento» (normalmente clandestinas), para diferenciar socialmente lo que es igual biológicamente. Sin entrar, por ahora, en que la constitución anatómica femenina puede mostrar cierta debilidad atlética. Debido básicamente a su papel de reproductora humana. Algo que se ha puesto de actualidad con los juegos Olímpicos de Paris de 2024.
Pero, precisamente en estas reflexiones sociogenéticas, estamos para analizar hasta que punto los genes sociales, injertados a lo largo de la infancia de una cría humana, pueden llegar a favorecer, de alguna manera, un mantenimiento de los genes biológicos (sus capacidades) demasiado anquilosados.
No estamos hablando de que se transmitan las características genéticas sociales de un individuo a su descendencia. Solo insinuamos, en eso estamos, que el gen social es algo más que una simple etiqueta, con tus características de nacimiento, es algo más que un aspecto de tu cuerpo o de tu mente.
De lo que aquí se habla es de que la llamada selección natural, dada la evolución tan compleja del ser humano, con la preponderancia tan grande de su organización cerebral, que va a incidir en su comportamiento individual y social… puede necesitar, en este siglo XXI, ciertas matizaciones. ¿O también exagero?
¡Anímate!