¿Y qué pasa con los juegos «de niños»…

… que podían ser fácilmente mixtos?

Porque, a diferencia del boxeo, que salió ayer en relación con unos Juegos Olímpicos, jugar a las canicas no requiere demasiada fuerza. Es decir que se necesita poca energía muscular, para impulsar las canicas. Por lo que un aporte excesivo de testosterona no favorece en absoluto el juego de quien lo posea. Algo que sí pasaba con el boxeador «nacido mujer», que se enfrenta a otras mujeres, que poseen únicamente su entrenamiento diario, corporal y mental. Con mucha menos testosterona que su contrincante.

En este caso se podría considerar que tanto hembras como machos son apropiados para el juego de las canicas. Pero, ¿cuántas veces jugamos a las canicas chavalas y chavales, en mi barrio? Tantas como al revés, con el juego de «las casitas». Ningún macho quería jugar con ellas. Un juego «típicamente» femenino, se decía.

Y eso quiere decir algo. Aunque no lo queramos ver.

Se llama impregnar, o injertar a las crías humanas con un gen social, que los marcará ya para siempre como jugadores o no de determinados juegos. Desde ese momento ya habrá juegos de niños y juegos de niñas.

Favoreciendo así una separación por sexo, en una época que la sexualidad aún no juega ningún papel importante. Despreciando por lo tanto la necesaria interacción social entre los dos grupos dehuamnso,q eu ala anturaleza geenró por razones de eeficieenci areproductuiiva. En cierto modo viene a ser la obsesión divina del Edén por evitar que los seres humanos comieran manzanas, fuese por la razón que fuese. Aunque, en este caso, sea más bien no dejarles comer del mismo frutal. El comienzo de la llamada discriminación sexual, entre hombres y mujeres.

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