
Llegados a este punto, no resulta difícil comprobar que no se necesita pasar por una Escuela de Interpretación, para ser grandes y profundos actores (disimuladores). Aunque se practique de forma inconsciente. Nos disfrazamos para hacer el mal… y cuánto mayor este sea, mejor nos disfrazamos. Los grandes asesinos deben intentar no ser descubiertos.
Y por eso en las tribus primitivas pensaron que debían ir tapados, en las ceremonias de todo tipo. Para despersonalizar a los miembros de la tribu que iban a participar en ellas. Y cuánto más negativas fueran esas ceremonias, más tapados se ponían. Sobre todo en los sacrificios… había que sentirse limpio de lo malo que se iba a hacer, además de creer que era bueno, pareciendo que «no éramos nosotros». Empezábamos a necesitar de otros YOS, que ocuparan en la mente la función de «los malos». Y tenían que ser más intensos que el típico amigo imaginario de la infancia.
Con el tiempo se fue perdiendo la vergüenza de que nos vieran y ya se podía matar o mutilar a quien fuera, con la cara al descubierto. Habíamos madurado, aunque fuera parcialmente. Así llegamos a los asesinos actuales, que inundan las urbes modernas y practican su oficio como auténticos profesionales. Sean asesinos en serie o simples bandas callejeras (violentas). Aunque sigue manteniéndose un cierto disimulo, como ritual, cuando se hacen pasar por fontaneros o agentes de correos. Eso cuando son asesinos en serie, porque los integrantes de bandas, prefieren mejor el estilo tribal «al descubierto» de antaño, o el de un futuro distópico.
En eso de normalizar la violencia ritual moderna, la religión tuvo mucho que ver, ya que blanqueó prácticas de sacrificio y mutilación, como si fuera una tradición bendecida por sus dioses.
Así tenemos ceremonias totalmente disimuladas religiosa y socialmente como la circuncisión y la ablación. Parecidas en cierto modo, pero, como siempre, totalmente diferentes en su fin. La ablación es una mutilación de la mujer, para impedir que goce de su sexualidad natural.
¡Anímate!