
O sea, mudas la religión por la política.
Cambias el púlpito por el sillón municipal o parlamentario. Te haces portavoz de eso que muchos llaman pueblo. Esa palabra mágica, que puedes decir bien llenita la boca de lujosa comida, para hacer luego lo que te sale del pórtico de tu gloria particular : tus santos cojones (u ovarios).
Eres el típico sheriff de TU pueblo.
Dispuesto a impartir la justicia del lugar. Esa que te dictan los rancheros poderosos o los traficantes del pueblo (de alcohol, carne humana, posesiones mineras…), y, como no, los todopoderosos banqueros.
Porque uno de los genes sociales más fatales y, al mismo tiempo, más querido es el de tener el poder de mandar.
¡Anímate!