
Porque, cuando nos reímos de forma natural y libre, sabiendo bien cuando no debemos soltar la risa por respeto otras personas, entonces ya hemos aprendido el arte de jugar para aprender.
Sumaremos al placer del juego por el juego, el placer de aprender con el juego. Doble ración de placer. Algo que va acorde con nuestro ADN, ya que, el biogén de aprender jugando, está ligado al biogén de sentir placer en el juego (por sí mismo).
Es la combinación de biogenes concomitantes, que se refuerzan entre ellos, para que el efecto final sea mayor. Esto es lo que, en cierto modo explica, que la forma de madurar de cada humano, los hace diferentes en su actividad conductual. No se puede tener el mismo comportamiento, aunque se nazca en iguales condiciones, porque se ha madurado con diferente estilo. Véase el caso de los gemelos. Y como pasará con los clones.
Además explica también, como la incidencia de un sociogén a la hora de reforzar o apantallar a un biogén, funciona de forma muy diferente, según haya ido la fijación previa de los biogenes… no es lo mismo apantallar a un biogén de la empatía, en alguien que lo tiene debilitado, que en uno que lo tiene ya de por sí reforzado, por la combinación de dos o más genes concomitantes. O por la influencia diferente del ambiente donde se está viviendo.
Qué nos dejen reír no es tan fácil. Pero será más fácil imponerse, si tenemos reforzados los biogenes proclives a favorecer la risa (y el placer de reír… y, como no, el placer de aprender riendo).








