
… por cualquier religión.
Y cualquier religión, decimos, por muy disparatada que se presente. Y por muy bienhechora que presuma ser. De hecho, pensemos por un momento, en esa tribu que no soporta la moderna tecnología, pero tiene una fe de caballo en las creencias que le metieron en su particular mente. Y que les vale para creer que saben perfectamente como se originó «su» mundo. No deja de ser una forma casi perfecta de vencer su desasosiego. Olvidando que es precisamente ese desasosiego vital, que la religión trata de apagar, lo que les permite avanzar, buscando soluciones a sus problemas de adaptación al medio. También se llama evolución natural. Lo que ellos hacen, siguiendo «su» religión, se llama ALIENACIÓN mental.
Pero, en pleno siglo XXI, no somos muy diferentes de ellos los que nos llamamos pomposamente civilizados. Porque somos una inmensa tribu terrestre, o vamos camino de serlo, que es incapaz de conservar el equilibrio natural del planeta. Y que hace todo lo posible, para que las nuevas generaciones no puedan ya ni intentarlo.
Somos legadores de una destrucción masiva, imposible de evitar. Seguidores de una adoración maligna por el poder. Un poder para oprimir y la emoción que surge cuando sentimos como machacamos al prójimo. A los humanos nos satisface al máximo, ser lo más anticristiano que pudo parir el cristianismo.
Y somos tan amigos de creer, en vez de conocer, que disfrutamos enormemente con la derrota de la naturaleza (sea lo que eso sea), en su lucha por mantener un proceso evolucionista realmente positivo.
Un proceso no solo no destructivo, sino favorecedor de que algún día aparezca una versión mejorada del homo sapiens, como en su momento aparecimos nosotros. Esperemos que la naturaleza (sea lo que eso sea) no se desanime demasiado, y nos ofrezca la extinción antes de tiempo. Para dejar de sufrir como especie.
¡Anímate!