Etiqueta: aprendizaje

  • Hasta pueden vestirse con colores llamativos y…

    … hacerse, así, más atractivos.

    Porque llevamos mucho tiempo diciendo que distingamos el mirar del ver. Y que no todo lo que parecen homéricas naves griegas, son algo diferente de las clásicas flores de la retama. La mágica «xesta» gallega. Porque puede parecer que el muro nos dejará ver un auténtico paraíso, cuando más allá de él solo habita un infierno.

    A veces el parecido nos despista. Si no ¿para qué iba a existir el Arte del Disimulo?

    Y si un ser humano que nos quiere fastidiar, se disfraza de muro, será porque nos quiere asustar en demasía, haciéndose pasar por algo más monstruoso de lo que realmente es. Un engaño.

    Ya hablamos otra vez de la importancia extrema del camuflaje, en los asuntos de interacción entre humanos.

    Y disfrazarse de muro, como decimos, resulta un método muy bueno para cazar incautos. De forma que resulten fáciles , mientras que interactúan con ellos, para injertar parte del adn social negativo. Sobre todo cuando paseas cerca de ellos, ensimismado en unos pensamientos de interacción social, que te dejan las defensas bajo mínimos. Y más si tienen los filtros de colores necesarios para engatusarnos.

  • Incluso puede parecer que un muro es tan filtrable…

    … que nos invita a entrar.

    Sea por parecer abandonado. O por «hacernos ver» que algo nos está esperando detrás del muro. Y que nos lo merecemos, bajo cualquier falso atributo. Recordemos siempre el maleficio del disfraz. Y el filete virtual del Cifra.

    Muchas veces no somos más que lo que el muro deja reflejar sobre nuestra forma de ser. Es como un espejo donde nos estamos mirando. Y ocultando debilidades y fortalezas, tanto nuestras como de él, en función de sus intereses «particulares». ¿O será que los muros no tienen intereses propios? Y ya hablaremos del «fenómeno espejo».

    Y sí, estamos hablando ahora de muros filtro, pero de esos que tienen formas humanas, para ejercer su operación de filtrado. Esos que son los guardianes de las normas sociales, las que la SAD considera que debemos tomar como imprescindibles. Sobre todo si queremos vivir lo más libremente posible «dentro de un ORDEN».

    Que no quiere decir que somos libres totalmente, solo libres de buscar una adaptación al sistema social, que no nos provoque ganas de suicidarnos.

    Así de simple. Y, al mismo tiempo, así de complejo

  • Además, los muros filtro, pueden estar…

    … muy bien disimulados.

    Y así nos hacen pensar que, eses muros filtro, son más fácilmente traspasables. O, al contrario, más difíciles de lo que realmente son. Eso hace que sea mayor el trabajo de observación del muro al que nos enfrentamos.

    Nunca debemos olvidar, que el muro puede ser incluso un disfraz. Que parezca fácil o difícil, como con los humanos, no deja de ser relativo : el muro más fácil puede ser el más difícil. Simplemente porque es el adecuado a nuestra forma de actuar: ya nos conoce las mañas y nos tiene bien preparadas «sus respuestas».

    Para ver detrás del muro se necesita mucha práctica. Porque no es lo mismo atravesar un muro de piedra que un muro vegetal. Pero…

    Es más difícil saber lo que hay detrás de unos muros, que lo que hay detrás de otros. Pero el problema esencial sigue siendo, no fijarse tanto en lo que hay detrás, que nos puede despistar, como en la composición del propio muro.

    A veces llega con separar las hojas del árbol, que tapan las vistas, para poder vislumbrar con cierta comprensión lo que hay detrás. Saber trabajar con un muro filtro tiene mucho de arte.

  • Porque los muros filtro que son de piedra…

    … son los más fáciles de saltar.

    Porque en nuestro ADN nos vienen marcadas diversas capacidades, para analizar lo que vemos. Y ya hablamos del problema que supone que «veamos» alucinaciones y las integremos en el cerebro, como si fueran auténticas realidades.

    Una vez observado el muro, solo hay que buscar las herramientas, esos filtros propios, que el ADN nos hizo madurar en nuestro cerebro. Si no estuvimos perdiendo el tiempo. Son los que nos dan la capacidad de ver los puntos débiles del muro : dónde es más fácil agarrarse, la posibilidad de gateo, como cuando eramos cuadrúpedos. Así mismo nos permiten prever que puede valer la pena, lo que nos espera detrás del muro, sobre todo si «a este lado» no podemos sobrevivir. Y, además, nos ayudan a incrementar la capacidad de sufrimiento, para soportar mejor el dolor, que supone rascarse la piel con el granito (o lo que sea) del muro.

    Porque tenemos marcada la fecha para morir, pero nunca antes de que se cumpla la fecha de caducidad que nuestro ADN tiene marcada. Salvo que tengamos muy mala suerte (si eso existe!).

    No somos especialmente competitivos los humanos. Por ejemplo, para competir con la muerte, como el caballero bermangniano. Lo que sí tenemos muy claro, es que antes morir que dejar de intentarlo.

    Necesitamos ir siempre adelante. Está escrito en nuestro ADN.

  • De forma que todo nos queda grabado a fuego…

    …hasta nuestra propia muerte!!!

    Porque hay cosas que no se borran, sobre todo cuando quedan muy bien grabadas en nuestro adn social negativo. Realmente será lo que veamos, esas imágenes normalizadas socialmente el resto de nuestra vida, miremos lo que miremos.

    Es como si no pudieramos cambiar de canal en la TV. O ya más profundamente, pasará como en Matrix, que veremos un filete de carne allí donde lo único que hay es NADA.

    Las imágenes emitidas por las SAD (sociedad adulta dominante)dentro de nuestro cerebro será la única realidad que seremos capaces de ver. Solo percibiremos aquello que pasó la censura de la SAD.

    Esas grabaciones «clandestinas» son precisamente la base de lo que aquí se llama adn social negativo. Y es lo que nos llevará a una fase de reflexiones futuras, en las que comentaremos («veremos») aspectos relacionados con algo teórico de lo que produjo el cerebro de Jung : el inconsciente colectivo. Una profundización de lo que también se usa como imaginario colectivo, aunque en este caso, como pasa con la personalidad, en un contexto más light.

    En fin, que todo se complica pero, por ahora, seguimos machacando lo difícil que resulta ver lo que se mira.

  • Porque el terror cotidiano…

    … nos persigue implacable.

    Y da igual de dónde vengas corriendo : del Vietnam, del Sahel, de Ucrania, de Gaza o Cisjordania… todas son crías humanas, sobre todo, que escapan aterrorizadas de los adultos que las quieren matar, en vez de proteger, como bien dice nuestro ADN y los cacareados Derechos Humanos. O aún, mucho peor, convertirlas en infantes soldados, para aprender brutalmente lo miserable que se puede llegar a sentir un ser humano.

    Porque las víctimas nunca entenderán (yo tampoco), que la función genética protectora del adulto se convierta en una función social de acoso y maltrato cotidiano, no solo en las guerras.

    Y que , para colmo, haya políticas y religiones que presumen de querer lo mejor para el mundo, y para sus habitantes, en especial para su habitantes más desvalidos. Sean crías irracionales o racionales. Y luego favorecen la guerra.

    Miserables somos y miserables queremos seguir siendo.

    En definitivo, una mediocre versión de homo sapiens

  • Aunque los filetes sean ,a veces,…

    … «mujeres» robot muy apasionadas.

    Y que resultan apasionantes… porque están programadas para aprender del ser humano a percibir sus emociones. Aunque, como dijimos ayer, no hay posibilidad, por ahora, más que de simular las emociones (como el filete de Matrix). Y ,como decimos muchas veces, hay muy pocos seres humanos que puedan valer como modelos de aprendizaje. Dado que estamos en una época que odia las emociones. Pero las llamadas IA necesitan imperiosamente aprender de nosotros. Aunque observando a Joi o a Demerzel (en la serie) parecen llevarnos la delantera.

    E incluso puede pasar que una IA muy buena consiga, en teoría, repetir esas emociones, incluso algo mejoradas. Ya que puede borrarse, en un aplicación actualizada, los tics mal aprendidos por los humanos que, en muchos casos, desvirtúan el carácter afectivo de la pasión, haciendo que se disfrace de «otra cosa». Por ejemplo mera pasión sexual, es decir, una forma de gimnasia sexual.

    Es decir, que una IA muy mejorada, le quitaría esa pátina de falso afecto, que suelen cubrir las emociones humanas, en su relación diaria con los demás humanos. Incluso con animales o seres inertes. Que parecen amar al otro, pero solo se saben amar a ellos mismos. O hacer que ,de nuevo, un ser humano se pueda emocionar al contemplar un simple paisaje, porque un robot ya lo ha hecho.

    Una IA podría mejorarnos incluso, haciendo que disminuya nuestra gran capacidad de disimulo. Esa que vamos adquiriendo a lo largo de nuestra etapa madurativa, siguiendo las normas sociales que nos marca la SAD (sociedad adulta dominante).

    Pero, ¿cómo aprender positivamente de una versión mediocre de homo sapiens? Ellas, las Joi o las Demerzel no pueden aprender de nosotros, somos malos maestros. Que se lo pregunten a nuestras crías, a las que teóricamente tutelamos y enseñamos. ¡Y nunca mejoraremos si las tememos, tanto a las crías como a las IAs!

  • Pero, por suerte, aún no se pueden programar…

    … las emociones humanas (en los robots con IA).

    Y las emociones, en los humanos, no se las puede borrar, aunque si minimizar. Porque es precisamente en la inteligencia emocional, donde reside esa capacidad que nos marca el ADN, para que ansiemos la libertad tan tan profundamente. Y aún no hay Matrix capaz de anular, como ya dijimos, esa necesidad/capacidad de luchar por ella. Ni tampoco de autoprogramarse con emociones, por parte de cualquier IA prevista a medio plazo.

    Así que por ahora, no podemos programar las emocicones humanas en robots. Ni siquira en cerebros humanos, aunque , en teoría, sí que la naturaleza (sea lo que eso sea) los dejó programados, para desarrollar a fondo ess capacidad de emocionarnos. Aunque sí… se pueden «desprogramar». Y no solo en los robots, también en los propios seres humanos. Por algo se pueden ver a diario, un montón de humanos que más parecen máquinas vacías de emociones, que auténticos seres vivos inteligentes, siempre racionales, pero con su porción adecuada de inteligencia emocional. Esa inteligencia emocional, que debe ser el contrapeso esencial para lograr un equilibrio, con lo que pretenda hacer la llamada inteligencia racional.

    Y recordemos siempre la falacia del punto medio, cuando se habla de un equilibrio natural. No existe tal punto medio en la llamada naturaleza (sea lo que eso sea). Y mucho menos en esa línea virtual, que podemos pensar une a las dos inteligencias, responsables de controlar nuestro devenir diario : tanto racional como emocionalmente.

    Precisamente una característica básica del llamado, por aquí, adn social negativo, es conseguir la anulación casi total de esa capacidad genética que tiene el ser humano, para emocionarse. Una capacidad que, funcionando correctamente, le permite tener un control esencial de la inteligencia racional. Con el fin de que esta no se desmande, provocando que se tomen decisiones tan frías y «asépticas» (sin emociones), que muden en profundamente inhumanas. Caso que sucede en ideologías extremas como la nazi o la estalinista.

    El maltrato infantil, la política corrupta, el tráfico de todo tipo y sus consecuentes guerras, no son más que expresions claras de esta mediocridad emocional, por no decir bajeza, del ser humano. Muy agravada en la actualidad, precisamente cuando mejor se conoce el comportamiento humano. Y puede que sea, precisamente, por ese conocimiento (mal usado). Y por ese motivo , gustamos de referirnos aquí al ser humano actual como una versión mediocre del homo sapiens. A veces demasiado mediocre.

  • Y sí, ese desasosiego ya lo conocemos los humanos…

    … desde que somos un simple EMBRIÓN…

    … cuando estamos pasando a ser un feto, dentro del útero materno.

    ¿Por qué, a quién le gusta estar encerrado? Y más en un espacio que se hace más pequeño cada semana que pasa. ¿Quién aguanta tal situación sin protestar? Por lo menos un poquito.

    Porque a nosotros no nos faltarán años para vivir, como a los replicantes de BR, salvo que 100 añitos no lleguen, pero sí nos falta espacio para poder vivir «con gusto». Y en el útero nos van naciendo extremidades, que se necesitan mover. No queremos ser futbolistas (aún), eso na va marcado en el ADN. Pero sí queremos no sentir desasosiego, por falta de espacio vital, porque eso sí que está escrito en nuestro ADN : es la búsqueda de un territorio.

    Tenemos escrita la necesidad y, por tanto, la capacidad para movernos en busca de ese espacio vital, al que podemos llamar «territorio donde vivir». También, si estudiamos Biología antes de tiempo, ecosistema. Acorde con la planificación que, en otros genes, tiene marcado el ADN. Los pasos a dar, para que podamos correr, escapando del predador o persiguiendo la comida. Empujamos para notar táctilmente (mientras que no veamos), que hay algo de espacio en una dirección , pero no en la otra.

    Así como tenemos escrita la capacidad para chuparnos el dedo, ese apéndice que se nos acaba de formar en la mano. Y que, mira por donde, viene a ser como un ensayo, para aprender a chupar la teta de mamá. O acaso pensamos , ¿qué, eso tan vital de mamar, se hace por ciencia infusa?

  • Y por eso, solo reciben…

    … un montón de señales neutras.

    Cuando los robots interactúan entre ellos, no tienen ningún problema de relación, ya que no hay lugar en ellos para el desasosiego, esa sensación tan rara que van adquiriendo (seguro), cuando tienen que tratar con humanos.

    Las reacciones humanas, tanto positivas como negativas, acompañadas de expresiones ilegibles (para ellos), les tiene que suponer un cierto tipo de «desarraigo intelectual». Que al principio puede no causar desajustes informáticos, pero que, a la larga, si puede incidir en el proceso de realimentación «anímica» (energética) del robot.

    Porque una IA muy avanzada en su programación inicial y posterior reajuste constante, ¿no puede tener cabida para algo parecido a un «estado anímico»? Totalmente electrónico (digital?), pero que puede meter elementos extraños en su algoritmo. Pensemos, por ejemplo, en las llamadas alucinaciones algorítmicas.

    Algo de lo que hablaba ya el científico que generó a Sonny, aunque nos pareciera entonces algo demasiado etéreo (ciencia ficción), dado el escaso avance del aprendizaje robótico. Hoy en día se puede «ver» como algo diferente.

    Porque, como pasa con las crías humanas, todo el meollo de esta cuestión reside en lo que podemos llamar entresijos del aprendizaje, sea un cerebro humano o uno robótico. En la sucesiva complejidad de los circuitos neuronales está la esencia del avance evolucionista. Y puede llegar un momento en que los circuitos digitales no difieran tanto de los circuitos neuronales humanos. ¿A saber como evoluciona esto?