Categoría: ciencia

  • Porque los lobos (humanos)…

    … nos esperan fuera de la cueva.

    Aunque no lo sabemos, salvo si mamá nos lo dice. Pero el ser humano , en modo lobo, está siempre al acecho, para aprovecharse de nuestra curiosidad innata. Y así engañarnos.

    Tenemos que efectuar una de nuestras primeras adaptaciones al entorno donde nos tocó vivir, aparte ya de lo hecho en el interior de la cueva.

    Porque el ADN marca esencialmente la empatía y, por lo tanto, la confianza en eso que alguno llamó «el prójimo». Pero, como iremos explicando más adelante, tenemos que ir adquiriendo, de motu propio, ciertas habilidades o capacidades no genéticas. Tenemos que aprender, por ejemplo, a ser algo desconfiados, para que nuestra adaptación al ecosistema sea siempre en nuestro provecho. No en el de otros, esos que se quieren aprovechar de nuestra inocencia innata. Y no hablamos precisamente de los depredadores irracionales, que podamos tener : estamos hablando de los depredadores humanos, que son mucho peores.

    Así que salgamos de la cueva familiar mirando bien hacia donde vamos. Y, más aún, de quién nos dejamos acompañar.

    No se trata de escapar del mundo, solo de entrar en él con garantías de poder sobrevivir.

  • Sin mamá loba, el lobezno…

    … no sobrevive.

    Así que el primer paso debe ser este : Hay que atender a mamá. Ya desde la cuna, o en el sitio donde actuamos como bebés. Y eso sí, siempre que no nos maltrate.

    Porque la naturaleza (sea lo que eso sea) es sabia, pero no tanto como para prever, la capacidad artificial adquirida (no natural) de una madre humana, para ser maltratadora de su propio hijo. No hay que pensar en Abraham, aún siendo macho, para saber, a estas alturas de la Historia, que el mayor porcentaje de maltrato infantil se da en el seno de la familia tradicional.

    Eso es algo que no pasa en la guarida del lobo. Allí no hay maltrato posible.

    Pero el ser humano se considera amo y señor de sus hijos, por lo que puede hacer (cree él) con ellos lo que quiera. Como, por ejemplo, sacrificarlos a un dios o convertirlos en prostitutas y prostitutos.

    ¡Cuánto hay que aprender de los lobos!

  • Y por eso, es de vital importancia…

    … ¡prestar mucha atención!

    Y no llega con una atención mediana, debe ser un grado de atención muy elevado. Porque no se aprende nada «papando moscas». Ya que las moscas se ríen, y mucho, del alumnado que se dedica a observarlas, incapaces de cazarlas.

    Ya en la cuna, no podemos ser seres vivos demasiado inertes. El movimiento constante y mirar para el entorno tiene que ser nuestro ejercicio diario.

    Como le pasa al Moncho de la imagen (La lengua de las mariposas), tenemos que beber los conocimientos que alguien pone a nuestra disposición, como si fueran dosis de agua, que van calmando nuestra sed. En ese proceso vital que se llama aprendizaje. Y que tanto depende de tener un buen maestro.

    Porque no se conoce muy bien el comportamiento del lobezno, dentro de la cueva, pero seguro que se pasan el día atendiendo a lo que les dice su madre.

    Resulta curioso que las crías humanas, cada vez antes empiecen a estar cansados de los consejos familiares. ¿Será por ser humanos o, más bien, por lo malos que somos los humanos adultos, dando consejos a nuestras crías? Quizás debiéramos aprender algo más de las lobas…

  • Ante todo, tenemos que ser curiosos…

    … y observar atentamente.

    La cría humana es más gato que vaca, por lo que debe aprender a desconfiar. Especialmente, una vez que sus pasos son auténticos avances sobre el suelo donde se apoya.

    Pero, en principio, para salir de su cueva familiar, necesita mucha más preparación que el más astuto de los gatos. Es necesario que combine cierta dosis de curiosidad, con cierta dosis de precaución. Por mucha confianza + curiosidad que tenga, no puede ser curioso «de más».

    Por ese motivo debe prestar atención a lo que hace y aprender a sacar consecuencias de todo lo que observe en sus primeros pasos. El acierto en los segundos, va a depender claramente de lo que aprenda con los primeros.

    Se avanza por ensayo y error, así que no debe evitar experimentar, pero sí evitar tropezar en la misma piedra.

    Porque repito, la curiosidada no mata al gato, lo mata su ignorancia. Es decir, no saber por donde anda o repetir los errores con demasiada frecuencia. Eso que tanto le gusta hacer a los humanos.

  • Y por ese motivo…

    … no paramos de pedir ayuda.

    Y por eso miramos y vemos los barrotes de la cuna. Los primeros obstáculos en nuestra corta vida. Nos dan seguridad, pero también nos quitan libertad. Y nos agarramos a ellos, para «decir» que necesitamos salir de allí. Que todo un mundo nos espera y necesitamos aprender de él. No lo podemos saber, pero el ADN tira de nosotros.

    Y por eso solicitamos ayuda. Incluso en silencio. Usando solo nuestra mirada, que aún no la dominamos del todo. Pero intuimos, y vamos sabiendo por experiencia, que a mamá, y algunos otros, no los deja totalmente impasibles nuestra reclamación.

    Aunque en esto, ya depende mucho de la suerte que hayamos tenido, con el ecosistema donde nos toca vivir.

    Porque, como la experiencia nos enseñará, hay muchas clases de adultos. Y casi todas ellas no suelen ser buenos acompañantes.

    Una de nuestras primeras lecciones básicas, será, precisamente, aprender a distinguir entre acompañantes positivos y negativos.

  • Y además ver, para…

    … ser natural y libre!!!

    Porque vas a necesitar ver, y ver bien, si quieres seguir dando pasos en tu devenir vital. Sobre todo cuando compruebes que de alguna forma te han impedido «ser libre».

    Claro que tú aún no puedes entender ese concepto de libertad. Como no tienes ni idea de que necesitas madurar. Pero te da miedo sentirte solo, sin la compañía imprescindible de una mamá que te cuide.

    Da igual que sea una mamá biológica o una mamá adoptiva, pero que te cuide.

    Porque no sabes explicar, de hecho ni hablas, pero intuyes que dependes de esa mamá para seguir viviendo.

    Esa extrema necesidad de otros humanos es lo que nos hace ser crías humanas. No somos seres vivos individuales, capaces de sobrevivir por nosotros mismos. Nacemos totalmente dependientes. Sin los adultos somos seres en proyecto, nada más (ni nada menos). La ventajas y desventajas de ser humanos.

  • Ver para localizar a mamá…

    … y sin necesidad de GPS.

    Porque la gente cree que buscar la teta y, sobre todo, encontrarla, es muy fácil. Menos mal que viene un mapa en nuestro ADN, para hacer ese recorrido.

    Y, ¿qué decir de mamar? Si no fuera automático, el esfuerzo que debería hacer el bebé, provocaría, seguro, que muchos se murieran de hambre. Todo por no esforzarse en chupar del pezón.

    Estos primeros pasos de nuestra vida, son mandatos de nuestro ADN, a los que no nos podemos oponer. Son cosas que no se necesitan aprender. Lo mismo que la bajada de la leche materna, son actividades innatas. Y gracias a esa no necesidad de esfozarse, podemos crecer y llegar a ser crías humanas, dispuestas a aprender todo lo que necesitamos.

    El problema es que el ADN trae llaves para entrar en la escuela (de la vida), pero no trae las instrucciones que necesitamos, para seguir avanzando (dentro de ella). Ese largo proceso de maduración va a depender de nosotros. A partir de entonces, el esfuerzo para aprender será de vital importancia. Y contando, desde luego, con los adultos que nos rodean. Para que nos ayuden, no para que nos maltraten.

    Y aquí, precisamente, es donde entra la necesaria curiosidad para querer aprender. Seas un complejo humano ou un «simple» gato.

  • Y si las vacas no hablan…

    … ¡los bebés tampoco!

    Porque nacemos con los ojos cerrados y tenemos que aprender a mirar. Pero eso es bien sencillo, lo difícil es el siguiente paso : aprender a ver.

    Y ahí si que tenemos marcas genéticas : la curiosidad por saber, la necesidad de madurar… Empezando por recibir alimento y afecto, para dar los siguientes «pasos».

    Así que nacemos inexpertos en ver, pero no imposibilitados para mirar hacia algunas partes de nuestro entorno. Una vez que aprendamos a mover la cabeza.

    Porque lo primero es aprender a movernos, para que, si alguien nos trajo al mundo, siga pendiente de nosotros lo más cercano posible.

    Y al abrir los ojos, ya estamos en disposición de aprender a ver, llenando los circuitos neuronales precisos. Porque esa actividad si está marcada genéticamente. Y porque, si no guardamos lo que vemos, de nada vale esa capacidad de ver.

  • Y no vale con parecer curiosa…

    … ¡ni siquera amable!

    Porque la curiosidad viene marcada en el ADN, pero no es, precisamente en el de una vaca, en donde esa capacidad genética está muy reforzada. A ella le llega incluso con tener menos curiosidad que el gato. Así sufre menos cuando la llevan en el camión, camino del matadero. En cambio un gato tiene que aprender a cazar y defenderse. Necesita mucha más dosis de curiosidad.

    Y, por supuesto, caerle bien al amo, es otra de las capacidades que una vaca no porta en su ADN. Y un felino tampoco. No confundamos simple astucia por «caer bien», con muestra compleja de afecto gatuno.

    Todo lo más que puede mostrarnos una vaca, es esa curiosidad por no tener curiosidad. Como el típico alumno preadolescente, que, a principios de curso, te mira con aire vacuno. Es como si te preguntara : ¿qué haces tú, hablando conmigo, si yo no tengo putas ganas de escucharte? Déjame pastar, vienen a decir ambos. La vaca su pasto. El alumno desatento, «pasta las moscas» que le están llamando la atención dentro de su escuálido (por mal usado) cerebro.

    También es cierto que , muchas veces, el maestro tampoco tiene la curiosidad suficiente, para indagar qué tipo de moscas le andan revoleteando por dentro del cerebro, al que, se supone, es su alumno a «desbravar». En el fondo es un simple juego de «toma y daca». Algo así como el famoso «truco o trato», del no menos famoso Halloween.

    Las coincidencias no suelen ser muy raras, pero, si son negativas, siempre son perjudiciales.

  • Porque ya lo dijimos claramente…

    … no llega con tener buenos ojos.

    Por ejemplo los perros, pueden mirarte mucho, pero no tienen una visión de primera calidad. Sí tienen un oido y un olfato superiores (a nosotros).

    Y es que los sentidos están para complementarse. Por eso es tan importante tener previsto, que, al perder uno de ellos, el ser humano, puede lograr que su cerebro se reorganice, para poder suplir con creces el sentido perdido.

    Pero, con esta afirmación, volvemos a lo de siempre. Para alcanzar esa reorganización neuronal, el cerebro necesita estar bien bien maduro, con todas sus herramientas neuronales trabajando a tope. No valen, en este caso, adolescencias de «pasaba por aquí». De pasarse el tiempo de adolescente, sentado en una silla y despreciando el esfuerzo mental, para organizar una buena memoria. O, ¿quizás debieramos decir memorias?

    No llega con una mirada cargada de afecto, cuando no se tiene capacidad de organizar las acciones que lo demuestren. Y ya bastante hace un perro, para demostrarle simpatía a su amo.

    Muchos humanos no están a la altura de un perro cariñoso. Y los adolescentes menos. Aunque no se puede decir, que los adultos no colaboren (con ganas), en la formación de esa postura de desafecto adolescente. Suelen ser los promotores de lo que podemos llamar Síndrome de Estocolmo del Adolescente Perdido.