
En la preadolescencia había mucho que subir, pero, teniendo mucho cuidado, las posibles bajadas no eran graves. En esta nueva cuesta, la adolescencia propiamente dicha, ya puede uno hacer cosas, sin querer (o medio queriendo), que le hagan bajar varios escalones (y a toda mecha)… De ahí que se suele llamarle montaña rusa. Pero, a diferencia de las montañas rusas reales, aquí es más fácil perder parte de la mochila, o la mochila entera, en esas bajadas descontroladas.
Además es una montaña rusa que, primero, debes montar en solitario, y solo tras cierta experiencia (aprendizaje)en ella, puedes ya hacerlo en compañía. Esta segunda parte será casi prohibitiva, para todos aquellos, que hayan quedado mutilados afectivamente en su infancia.
Viene a ser como si empiezas la adolescencia teniendo una buena relación afectiva con otro humano y, cuando la termináis, resulta que fue fructífera para ambos. Eso enriquece a los dos. Si, por el contrario, no fue una experiencia agradable, entonces ya vas a seguir madurando, con una tara específica en el ámbito afectivo.
Y ahí incidirá de alguna manera un sociogén preparado, para reforzar tu miedo a sentir afecto. A inhibirte, tanto para dar afecto como para recibirlo. Es lo que antes hemos denominado mutilación afectiva.
Y eso favorecerá, que te quedes paralizado ante cualquier posible nuevo caso amoroso.
¡Anímate!