
Primero somos, existimos, cosa relativamente fácil, según Descartes, ya que basta con pensarse a uno mismo. Luego conviene pensar en otro, para que nos piense a nosotros, y así quedamos confirmados. Este añadido de «el otro», es lo que le incorporamos aquí al Descartes.
Y eso nos hace un ser. Pero la identidad de ese ser, no nos viene incorporada de fábrica… hay que construirla. Entrando ahí ese yo que queremos ser. O lo más aproximado que podamos a ese yo… siempre evitando que sean los demás (adultos sobre todo) los que decidan el yo que vas a ser.
¿No es así?
Y una vez pensado como hacer para tener un yo, viene otro gran problema : ¿En qué momento puedes pensar, que el yo principal no se vea sorprendido por la aparición de un yo secundario? Porque, si el universo es demasiado inmenso para que solo un planeta tenga vida, ¿cómo puede un cerebro tan enorme, albergar un solo yo?
Es decir, ¿qué pasa en la infancia, cuando el cerebro maduró lo suficiente, para hacer que aparezca en tu mente el llamado amigo imaginario? ¿Ese no es otro yo, que viene en son de paz, para ayudar al yo que aún se está construyendo? Y, ¿qué decir de la obsesión fetal por tener el dedo metido en la boca? Puede ser la primera noción intuitiva de sentirnos acompañados. Camino de un yo.
¡Anímate!