
Son las que no aguantan que las conviertan en florero. En un simple objeto sexual. Vivir presumiendo de cuerpo. Como le toca estar a la Venus de Milo, estática y siempre esperando que se deslicen por su cuerpo las untuosas miradas del macho. Cuando no vengan después las manos y una auténtica violación física, por considerar que su paciencia, la del modelo, es una muestra de querer ser violadas.
Y todo bien aderezado por la sacrosanta verdad machista, de que el cuerpo femenino le pertenece al macho (el que sea), casi por derecho natural.
Y esa «verdad», auténtica creencia machista, es lo que viene a ser un gen social (negativo). Del que también puede ser portadora la propia hembra. Ya que a lo largo de la historia, desde la prehistoria (suponemos), se le injertó el gen social que neutraliza el gen biológico, de que «todos somos iguales». Cambiado así, por este gen social, que afirma la desigualdad entre los seres humanos, pero no como algo natural sino en función del poder que detentan. Es un gen que suele concretarse en lo que aquí llamamos , para la mujer, el Síndrome de Estocolmo Machista Clandestino.
Y todo esto sean grupos/clases sociales, que podemos resumir en opresores y oprimidos, o sean grupos/clases sexuales, resumidas en machos y hembras… o ya, más socialmente, en hombres y mujeres. Pero siempre en rigurosa minoría, ser mujer que se defiende.
Y mensajes de la Biblia Queer, como solemos decir, aparte.
¡Anímate!