Un toque de…

… socioxenética.

Repetimos mucho lo de que mirar y ver son cosas diferentes. También que el hecho de ver requiere un gran esfuerzo, usando la memoria y otras capacidades básicas de nuestra mente. Que, por cierto, siempre la mantuvimos fuertemente unida al ADN.

Y no era tanto para observar el color de la piel de un recién nacido, como el contexto (Oh, capitán, mi capitán) de ese nacimiento.

Porque se puede ser Jesucristo y nacer en un pajar de Belén. Pero, aquí, nos interesan más los que nacen entre algodones o entre restos de trapos sucios, sean del color que sea su piel. Porque la etiqueta social de la que aquí hablamos no es la típica etiqueta que le incorporan a la ropa, para hacerse propaganda de una marca, ni siquiera si va impresa o bordada. La etiqueta de la que hablamos es como un chip insertado en nuestro cerebro (injertado, más bien, porque va creciendo con nosotros), para que marque con intensidad nuestro futuro.

Y es así como pasamos de los herodes de turno, para centrarnos en lo que llamamos SAD (sociedad adulta dominante) y todas sus artimañas, para mantener su poder intacto. Un conglomerado de gente poderosa, que usa a los herodes para manifestar su poder represor, cuando lo consideran imprescindible.

Porque así es como evitan el poder regenerador, que trae dentro de sí, en su ADN, (su mente una vez madure), toda cría humana que nace. Sean sus padres pobres o ricos, sean de una religión o de otra. Al cambio, el gen social incorporado durante su maduración inicial, esa etiqueta social que decíamos, será el que aporte esa capacidad antirregenerativa, para no provocar cambios sociales y así, al contrario, intentar que nos acoplemos lo mejor posible a la escalera social. En función de los diversos incentivos (otros genes sociales) que nos irá injertando esa SAD.

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