
… los otros.
Y así empezamos a ver mal el como nos miran las crías humanas, cuando no comprenden lo que les pasa. Quizás porque no les dejamos madurar libremente.
Y así empiezan esas miradas llenas de interrogantes, porque nos ven (a los adultos) como bichos raros, que no pretenden entender lo que a ellos les importa tanto.
Y así se van combinando sonrisas y malas caras, porque se les va agotando la poca paciencia que aún les queda.
Y así se les van acabando los porqués, ya que notan como nos gusta tan poco ese tipo de pregunta. A la que el adulto gusta de nombrar como «pregunta difícil».
Y así, al adolescente, se le va superponiendo «todo lo que le echen», por encima de esa capacidad genética de regenerar la sociedad adulta dominante. Se va cubriendo esa capacidad, tan esencial para el avance social, con su adn social, en este caso tremendamente negativo. Es decir, se le reescribe una norma social sobre una marca genética. Y menos mal, que, muy en el fondo, esa reescritura no puede borrar la escritura que intenta tapar.
¡Anímate!