
… nos esperan fuera de la cueva.
Aunque no lo sabemos, salvo si mamá nos lo dice. Pero el ser humano , en modo lobo, está siempre al acecho, para aprovecharse de nuestra curiosidad innata. Y así engañarnos.
Tenemos que efectuar una de nuestras primeras adaptaciones al entorno donde nos tocó vivir, aparte ya de lo hecho en el interior de la cueva.
Porque el ADN marca esencialmente la empatía y, por lo tanto, la confianza en eso que alguno llamó «el prójimo». Pero, como iremos explicando más adelante, tenemos que ir adquiriendo, de motu propio, ciertas habilidades o capacidades no genéticas. Tenemos que aprender, por ejemplo, a ser algo desconfiados, para que nuestra adaptación al ecosistema sea siempre en nuestro provecho. No en el de otros, esos que se quieren aprovechar de nuestra inocencia innata. Y no hablamos precisamente de los depredadores irracionales, que podamos tener : estamos hablando de los depredadores humanos, que son mucho peores.
Así que salgamos de la cueva familiar mirando bien hacia donde vamos. Y, más aún, de quién nos dejamos acompañar.
No se trata de escapar del mundo, solo de entrar en él con garantías de poder sobrevivir.
¡Anímate!