Categoría: política

  • Porque siempre habrá miradas…

    … que lo dicen todo.

    Y ¿cómo nos mira Pablo, el protagonista de Deprisa, deprisa (Carlos Saura)? O cómo lo estamos mirando nosotros? Si puede que hasta lo miremos sin ganas de verlo. No lo veremos como el adolescente que es, sino como el adolescente que la policía y los medios de incomunicación nos lo pintan.

    Porque el título de la peli nos habla de la prisa que se dan estas pandillas de jóvenes en consumir su vida (y la de otros), pero también nos habla (si atendemos)de la tremenda prisa, que se dan los adultos dominantes , en marcarlos como crías humanas perdidas. Y justo en el momento crucial en que tenían que rematar su maduración básica.

    Pero es que la sociedad adulta dominante, solo ha hecho su trabajo social pertinente. Es decir, confirmar lo que se habia planteado como «su futuro» (del Pablo), ya casi en su nacimiento : Que «debía ser carne de cañón».

    Y ahí también la sociedad ha actuado con mucha mucha rapidez. Cuanto antes se pierda la cría por el camino, antes tiene esa sociedad suficientes chivos expiatorios. Esos chivos que necesita para expiar sus continuas trapisondas legales , paralegales o, ya de forma clara, totalmente ilegales (pero permitidas por el poder establecido).

    Porque , no lo olvidemos, detrás de todo esto, se halla eso que llamamos poder (r)establecido… o gobierno de la burguesía dominante, se vista de capitalista o de soviética.

  • Pero no queremos entender la mirada de…

    … los otros.

    Y así empezamos a ver mal el como nos miran las crías humanas, cuando no comprenden lo que les pasa. Quizás porque no les dejamos madurar libremente.

    Y así empiezan esas miradas llenas de interrogantes, porque nos ven (a los adultos) como bichos raros, que no pretenden entender lo que a ellos les importa tanto.

    Y así se van combinando sonrisas y malas caras, porque se les va agotando la poca paciencia que aún les queda.

    Y así se les van acabando los porqués, ya que notan como nos gusta tan poco ese tipo de pregunta. A la que el adulto gusta de nombrar como «pregunta difícil».

    Y así, al adolescente, se le va superponiendo «todo lo que le echen», por encima de esa capacidad genética de regenerar la sociedad adulta dominante. Se va cubriendo esa capacidad, tan esencial para el avance social, con su adn social, en este caso tremendamente negativo. Es decir, se le reescribe una norma social sobre una marca genética. Y menos mal, que, muy en el fondo, esa reescritura no puede borrar la escritura que intenta tapar.

  • Porque se mira y se remira,…

    … siempre buscando algo (que se nos escapa).

    Manu, por ejemplo, va a encontrarse con su hermano mayor, drogadicto viviendo en un túnel, auténtica metáfora del túnel vital, por el que están él y sus adolescentes colegas transitando…

    No sabe lo que le espera, pero su padre vitalmente perdido, no le ha dado más que señales de hasta que punto conviene, como hace él, dejarlo en el limbo de los «injustos».

    Aunque el padre sí le ha evitado, con ahinco, la posibilidad de que pueda encontrarse con él. Tanto por la vergüenza de que no lo hizo bien como padre, como por el temor a que Manu siga por el mismo camino. No quiere que lo vea. Simplemente lo ha manipulado.

    En el fondo es una clara prueba de lo que podemos llamar falta de confianza en la cría humana. Se le condena a buscar por sí sola, lo que día buscar en compañía de otros.

    Pero luego «el problema», dicen los adultos, son los adolescentes. No los adultos imcapaces de tutorizar en positivo a eses adolescentes. Porque el ADN marca la regeneración social en la cría humana, pero luego (en el adulto), esa capacidad genética, muda en otra que podemos llamar tutorización de la cría humana. Se trata de una capacidad/obligación (genética), que el adulto evita cumplir.

  • Y evitar que nos vayamos/vayan hundiendo…

    … en el pozo de la vida.

    Porque la crueldad de un ser humano adulto puede llegar a ser casi infinita. De hecho, ya ha llegado a serlo varias veces a lo largo de su historia.

    Porque tenemos dificultades para entender lo que es un agujero negro cósmico y no queremos ser conscientes de que muchas veces nos metemos en un agujero negro vital. O bien nos meten los adultos dominantes en él, como decimos estes días, sobre los campos de concentración y gulag.

    Porque, ademas de apreciar el hecho de ser inhumanos, como algo positivo, no queremos ser curiosos, ni esforzarnos en aprender como manejar los cambios que un ecosistema nos va ofreciendo. Porque nos gusta estropear el equilibrio que tanto le costó lograr a la naturaleza (sea lo que eso sea).

    Porque seguimos adictos a mirar sin ver. Y, sobre todo, a no querer ver lo que nos puede hacer daño, o romper nuestros esquemas ideológicos.

    Y porque el amigo que mejor nos conoce, y de verdad nos quiere, es el que nos canta las cuarenta. O las cien, si es necesario. El que nos dice «las verdades». No es nuestro amigo el que las disimula, para «caernos bien».

  • Para evitar que te hagan prisionero…

    … incluso siendo una cría!!!

    Porque los adultos dominantes decidieron, que era muy peligroso dejarte suelta.

    Porque no pueden soportar que regeneres su podredumbre social.

    Porque deben aprovechar esa etapa infantil en la que estás más indefensa.

    Porque su dilema está muy claro : necesitan renovarse, pero, al mismo tiempo, necesitan evitar que hagas uso de tu capacidad genética de regeneración social.

    Porque esa imperiosa necesidad adquirida, se traduce en un comportamiento social muy claro : manipular a los manipulables… y eliminar a los que no se dejan manipular.

  • Así que ser desconfiada es también…

    … ser precavida.

    Porque el lobezno que sale de su cueva, lleva aprendidos ciertos consejos maternos, para poder adaptarse al ecosistema, sin salir muy perjudicado. Y por eso la madre le habla de sus beneficios, de sus perjuicios, y, en especial, de que, para entrar en una manada, necesitas, como el aire que respiras, aprender a convivir con los demás lobos y lobas.

    Así pasa con los lobos. Pero es que ninguna madre loba, puede llegar a imaginarse lo brutal que puede ser la adaptación a otros seres humanos, por parte de una de sus crías. Empezando porque en la guarida de un lobo nunca se darán los malos tratos, esos que, sí, se dan en muchas familias humanas.

    Así que no se necesita salir de la tienda (si la tienes) en el Sahel o en Gaza, o en cualquier rincón del planeta donde se halle un campo de refugiados, para que te esperen adultos que quieren hacerte la puñeta. ¡Y más si eres hembra!

    Y esos son adultos humanos implacables. Ni siquiera tienen el sentido innato de justicia animal, que reina en el mundo de los irracionales. Los animales irracionales nunca llegaron a inventar campos de concentración, sean de prisioneros o de refugiados.

    Lo que le espera afuera, a una cría humana, es, ¡la ferocidad hecha un arte!

  • A toda capacidad le acompaña…

    … su correspondiente discapacidad!!!

    Porque en la llamada naturaleza (sea lo que eso sea), incluida la parte artificial que el ser humano, totalmente natural, fue aportando como invento, la ley fundamental es la del equilibrio.

    Sin ella el proceso evolutivo no tendría sentido. Se iría hacia un caos, por el constante aumento de la entropía. Y por eso, se necesita una actuación humana que la pueda neutralizar, reponiendo algo de orden en la transformación constante del ecosistema.

    Un error común, como el de que el cerebro nos engaña , es que el equilibrio siempre está en el término medio. Lo cual resulta imbécil, si tenemos en cuenta que el segmento matemático no existe realmente. Más que en nuestro cerebro.

    En la realidad todo son lineas curvas. Podemos decir que su radio es infinito, en algunas, y por eso percibimos la llamada línea recta. Y el que lo dude, que piense un poquito en lo que dijo un tal Einstein sobre la curvatura del espacio.

    El equilibrio natural (sea lo que eso sea) no entiende de distancias, sino de fuerzas. Y estará siempre allí donde las fuerzas se hallen equilibradas. Ni antes ni después y, desde luego, muy raramente en el punto medio (algo que solo existe virtualmente).

  • Pero…

    …¿nacemos desconfiados?

    Realmente nuestro ADN solo habla de confianza. De empatía y la consecuente solidaridad. Lo que no tiene nada que ver con usar la curiosidad para matarse , como dice alguna gente que le pasa al gato. La desconfianza es realmente una capacidad que se va cogiendo con el tiempo, a partir de muchas horas de cuna, de suelo e incluso de estar en brazos de alguien, pero sintiendo siempre estar algo abandonado. Viene a ser lo que podemos llamar un elemento del adn social positivo.

    Si, para colmo, nos maltratan más fuertemente, entonces es cuando se injerta en nuestro cerebro una tendencia a «confiar» que, ese maltrato, se repita. Y eso acaba siendo lo contrario, o sea la «desconfianza». Podemos decir que se va injertando un adn social, que va neutralizando la capacidad genética de confiar, haciendo que pase a dominar esa nueva capacidad de desconfiar. A ese fenómeno, aquí, le llamamos reescritura social del ADN. No borra lo escrito, solo se escribe al lado o por encima. En un caso complementa, es positivo, y en el otro «tapa», siendo así negativo.

    Pero algo de desconfianza no es muy malo, en principio. Solo lleva a mirar con precaución, para ver mejor lo que miramos. Sería inútil en un animal irracional, que, lo más que debe hacer es andar con cierta precaución (puro instinto), cuando se tope con otro animal irracional.

    Algo que, por desgracia de nada le vale, cuando se encuentra con un animal racional. Nosotros somos totalmente impredecibles (o casi). Los maestros del engaño.¡Y eso acaba con ellos!

    Así que nos queda aprender que nuestra curiosidad innata, conlleva cierto peligro si no tenemos filtros mentales adecuados (propios), para observar los detalles que caracterizan a las malas personas. Ahí es cuando hacemos el gato (tonto), si nos fiamos demasiado de un adulto humano. Y por eso, para evitarlo, el ADN nos trae marcada una capacidad tan esencial como es la atención.

  • Porque los lobos (humanos)…

    … nos esperan fuera de la cueva.

    Aunque no lo sabemos, salvo si mamá nos lo dice. Pero el ser humano , en modo lobo, está siempre al acecho, para aprovecharse de nuestra curiosidad innata. Y así engañarnos.

    Tenemos que efectuar una de nuestras primeras adaptaciones al entorno donde nos tocó vivir, aparte ya de lo hecho en el interior de la cueva.

    Porque el ADN marca esencialmente la empatía y, por lo tanto, la confianza en eso que alguno llamó «el prójimo». Pero, como iremos explicando más adelante, tenemos que ir adquiriendo, de motu propio, ciertas habilidades o capacidades no genéticas. Tenemos que aprender, por ejemplo, a ser algo desconfiados, para que nuestra adaptación al ecosistema sea siempre en nuestro provecho. No en el de otros, esos que se quieren aprovechar de nuestra inocencia innata. Y no hablamos precisamente de los depredadores irracionales, que podamos tener : estamos hablando de los depredadores humanos, que son mucho peores.

    Así que salgamos de la cueva familiar mirando bien hacia donde vamos. Y, más aún, de quién nos dejamos acompañar.

    No se trata de escapar del mundo, solo de entrar en él con garantías de poder sobrevivir.

  • Sin mamá loba, el lobezno…

    … no sobrevive.

    Así que el primer paso debe ser este : Hay que atender a mamá. Ya desde la cuna, o en el sitio donde actuamos como bebés. Y eso sí, siempre que no nos maltrate.

    Porque la naturaleza (sea lo que eso sea) es sabia, pero no tanto como para prever, la capacidad artificial adquirida (no natural) de una madre humana, para ser maltratadora de su propio hijo. No hay que pensar en Abraham, aún siendo macho, para saber, a estas alturas de la Historia, que el mayor porcentaje de maltrato infantil se da en el seno de la familia tradicional.

    Eso es algo que no pasa en la guarida del lobo. Allí no hay maltrato posible.

    Pero el ser humano se considera amo y señor de sus hijos, por lo que puede hacer (cree él) con ellos lo que quiera. Como, por ejemplo, sacrificarlos a un dios o convertirlos en prostitutas y prostitutos.

    ¡Cuánto hay que aprender de los lobos!