
Pero no nacemos polis ni ladrones. Ni siquiera somos el ser humano honrado, que decía Rousseau. Eso sí, estamos bastante limpios de valores éticos, hasta que todo empieza, cuando nosotros somos muy pequeños, a veces hasta dentro del útero… Y, también, empieza de forma poco notable, como si «no fuera nada». Al principio puede, incluso, pasar desapercibido por ser algo casi despreciable. Lo más notable es que no tenemos ninguna tendencia para hacer el mal a los demás seres vivos, incluida nuestra madre, que nos acoge en su útero. Y ello es porque no tenemos capacidad biológica para decidir nada. Nuestra mente está prácticamente vacía. Puede decirse que no está iniciada.
Pero nosotros crecemos y lo que se pudo generar en nuestro coco, también irá creciendo… al mismo ritmo, o puede que se acelere, y mucho. Acabando por ser una montaña dentro de nuestra mente.
Porque las marcas que trae el ADN son minúsculas, se necesitan reforzar durante nuestra maduración, con la imprescindible ayuda de los adultos. No podemos saber lo que es bueno ni es malo, por mucho que se empeñara en decir Rousseau lo contrario.
Pero las ideas negativas, que nos van injertando, ya desde muy pequeños, también pueden pasar desapercibidas, e incluso tomarlas como simples manías sin importancia. Por ejemplo, la niña, saliendo de la cuna, le pone mala cara a la criada… prefiere darle la mano a su mamá, algo «sin importancia»… pero, podemos preguntarnos ¿cómo tratan los papás a sus criadas? Porque puede ser que, la niña postcuna, está aprendiendo muy bien de sus padres. Que, por lo de ahora, son su referencia.
Como dijimos al principio, se trata de observa con atención lo que sucede delante de nuestros ojos, para ser capaces de captar los detalles de la realidad, tal como esta se va desarrollando.








