
¿Y si despertamos enamorados de un dios, que nos han dicho que sí tiene algún tipo de existencia? Porque no todo lo que pensamos tiene que existir realmente. No conviene digerir a Descartes en modo bruto, sin refinar.
Porque es cierto que pensar en nosotros mismos y existir, como ente pensante, es automático. Pero que pensemos en otro ente, parecido o no a nosotros, no lo hace ya existir automáticamente. Salvo por arte de magia. O por arte de un vídeo.
Al pensarlo podemos hacer que exista en nuestra cabeza, pero no fuera de ella. Para eso se necesita establecer una relación, no solo pensante, entre el otro ente y nosotros. También se necesita algún tipo de relación material.
Es lo que sucede cuando nos relacionamos diversos seres humanos, mejor o peor comunicados.
Pero podemos imaginar muchas cosas. Un variado tipo de ideas, que no siempre tendrán una relación existencial con nuestra propia realidad. O la que nos hacen pasar como tal. Solo existen virtualmente. Son coco el amigo imaginario de nuestra infancia. Pero, en nuestra adolescencia, es más fácil crear una novia imaginaria que un simple amigo. O como el gran místico San Juan de la Cruz, hace de su dios un amado, o de su Amado un Dios.








