
En las relaciones de igualdad, priman las consideraciones que se generan en la lectura del ADN. Podemos decir que son capacidades naturales, que necesitan ir madurando. Pero las normas, consignas, usos y costumbres, que nos imponen los adultos con poder, son las procedentes de una lectura del adn social negativo. Siendo así, capacidades muy diferentes las que ocupan nuestra mente, según sea una lectura u otra.
Por ejemplo, la capacidad que nos permite adaptarnos a un vecindario determinado, se convierte en una capacidad para sentir enojo con determinado vecindario (por su procedencia, su color piel, su forma de entender la vida…), lo que nos lleva a tener una postura supremacista.
Entonces la relación de vecindad se muda en una relación de racismo. Eso nos lo dice la sociogenética de esa relación.
Así que la SAD nos ha programado la mente, con sucesivas actualizaciones, para sentir un enojo, incluso odio, hacia vecinos que, por instinto animal, mejorado incluso por la inteligencia humana, son en lo básico como nosotros… Pero se convierte en una relación mediatizada socialmente, para evitar que confluyan los intereses humanos de unos con los de otros. Por muy divergentes que, en principio, pudieran parecer.
Y así podemos ver como la envidia «sana» por el triunfo ajeno, se convierte en envidia «insana», por ese mismo triunfo. La inteligencia racional y emocional humana, queda neutralizada por un instinto animal, que la naturaleza había dejado en un simple apéndice… y el gen social negativo correspondiente ayuda a regenerarse. Y sí, podemos decir que sería una especie de apendicitis emocional, que apaga nuestro fuego inteligente. Lo que debía ser un simple recuerdo, se convierte en un odio canceroso, que crece cada vez más… y es capaz de transmitirse generacionalmente.








