
Después del caos revolucionario, solo hay una salida posible, que lleve la revolución a buen término. Y es con el trabajo de las viejas y de los viejos. Que pasarán de proteger a las crías humanas, durante la cruda batalla social, para ir rehaciendo las casas y los caminos, por donde vuelven los revolucionarios sobrevivientes. De los que muchos serán machos, pero también habrá un montón de hembras.
No hay otra.
Las casas y los caminos no se rehacen solas. Y las heridas de guerra se necesitan limpiar y curar. Sin olvidar que el oxígeno para respirar es gratis (por ahora), pero se necesita comer todos los días.
Y, aquí y ahora, los viejos y viejas vuelven a ser imprescindibles.
Si hasta lo son en las sociedades modernas del siglo XXI, que presumen de vivir en paz, con tanta pobreza acumulada, por la explotación de una mayoría de terrestres por una minoría de los mismos. Esa capacidad de oprimir al prójimo, que tenemos los humanos y que no viene marcada en el ADN








