
Porque sí, jugar no es estar esperando para que los papás o los profes les enseñen las cosas importantes (para ellos) a sus hijos/alumnado… porque se aprende más y mejor en media hora de recreo, que en una hora de charla de papá y mamá, o del profe de turno que le dé clase.
Y es así, porque en el recreo o jugando en la calle con tus amigos, se aprende lo más importante para una cría humana : a desarrollar su capacidad de empatía y, sobre todo, su naciente capacidad para intentar socializarse… y es importante, porque si no hace eso, además, no juega ni de coña.
Y, por otro lado, desarrollar esas capacidades cuesta mucho esfuerzo. No salen espontáneas, en muchos casos, y la cría humana tiene que hacer un superesfuerzo para integrarse en el juego… Pero es que, precisamente, ese esfuerzo de integración le hará sentir que desarrolla esas capacidades y, además, lo hará acompañado por el placer que le dará ese cumplimiento.
Y todo eso, a cambio de la desesperación, si es que no se nota capaz de hacerlo… Pero es que la frustración no es mala, solo se tiene que aprender a llevarla, para que no suponga una mala carga de energía negativa… que se vaya acumulando y te separe aún más del grupo de referencia.
Y para integrarse (adaptarse al grupo) tiene que trabajarse la coordinación. Algo que no viene en el ADN, pero sale de cuando se combinan las otras capacidades ya iniciadas (la socialización, el movimiento repetido y mejorado, la compartición del placer de jugar en equipo…)… y siempre que, estas, se hayan reforzado por los adultos desde que se nació.








