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  • Y sí, ese desasosiego ya lo conocemos los humanos…

    … desde que somos un simple EMBRIÓN…

    … cuando estamos pasando a ser un feto, dentro del útero materno.

    ¿Por qué, a quién le gusta estar encerrado? Y más en un espacio que se hace más pequeño cada semana que pasa. ¿Quién aguanta tal situación sin protestar? Por lo menos un poquito.

    Porque a nosotros no nos faltarán años para vivir, como a los replicantes de BR, salvo que 100 añitos no lleguen, pero sí nos falta espacio para poder vivir «con gusto». Y en el útero nos van naciendo extremidades, que se necesitan mover. No queremos ser futbolistas (aún), eso na va marcado en el ADN. Pero sí queremos no sentir desasosiego, por falta de espacio vital, porque eso sí que está escrito en nuestro ADN : es la búsqueda de un territorio.

    Tenemos escrita la necesidad y, por tanto, la capacidad para movernos en busca de ese espacio vital, al que podemos llamar «territorio donde vivir». También, si estudiamos Biología antes de tiempo, ecosistema. Acorde con la planificación que, en otros genes, tiene marcado el ADN. Los pasos a dar, para que podamos correr, escapando del predador o persiguiendo la comida. Empujamos para notar táctilmente (mientras que no veamos), que hay algo de espacio en una dirección , pero no en la otra.

    Así como tenemos escrita la capacidad para chuparnos el dedo, ese apéndice que se nos acaba de formar en la mano. Y que, mira por donde, viene a ser como un ensayo, para aprender a chupar la teta de mamá. O acaso pensamos , ¿qué, eso tan vital de mamar, se hace por ciencia infusa?

  • Y hablando de máquinas «pensantes», ¿qué podemos decir…

    … de lo que ve el Sonny?

    Y sobre todo de lo que «siente». Porque nadie le discute que pueda grabar lo que está mirando, pero parece ser que él llegaba a notar ciertas sensaciones , que no sabía interpretar.

    Cuando lo que veía podía entrar en la parte del espectro visual, relacionado con algo parecido a «agradable». Recordemos cuando reflexionamos sobre el posible equilibrio confianza/desconfianza.

    Y lo mismo, cuando en el espectro visual se relaciona lo agradable con lo «desagradable». Parece ser que al Sonny le entraba una especie de desasosiego, tan característico del ser humano, que se preocupa por lo que siente. Veía cosas que «no sabía interpretar».

    Porque el ADN humano tiene muy clara esa capacidad de sentir (lo que ve o toca o…). Que llevada al extremo puede dar en dolor o placer máximo. Realmente, volviendo al baremo genético, lo que nos marca el ADN es… entre placer negativo y placer positivo, o algo así.

    Entonces, qué decir de un robot que se debate en buscar un equilibrio en el espectro de sentir/ no sentir, cuando su programación parece prohibirle el extremo positivo del sentimiento. ¿No podrá llegar a sentir, por otro camino diferente del que siguió la naturaleza (sea lo que eso sea), al dotar de tal capacidad a los seres vivos más complejos?

  • Porque ya lo dijimos claramente…

    … no llega con tener buenos ojos.

    Por ejemplo los perros, pueden mirarte mucho, pero no tienen una visión de primera calidad. Sí tienen un oido y un olfato superiores (a nosotros).

    Y es que los sentidos están para complementarse. Por eso es tan importante tener previsto, que, al perder uno de ellos, el ser humano, puede lograr que su cerebro se reorganice, para poder suplir con creces el sentido perdido.

    Pero, con esta afirmación, volvemos a lo de siempre. Para alcanzar esa reorganización neuronal, el cerebro necesita estar bien bien maduro, con todas sus herramientas neuronales trabajando a tope. No valen, en este caso, adolescencias de «pasaba por aquí». De pasarse el tiempo de adolescente, sentado en una silla y despreciando el esfuerzo mental, para organizar una buena memoria. O, ¿quizás debieramos decir memorias?

    No llega con una mirada cargada de afecto, cuando no se tiene capacidad de organizar las acciones que lo demuestren. Y ya bastante hace un perro, para demostrarle simpatía a su amo.

    Muchos humanos no están a la altura de un perro cariñoso. Y los adolescentes menos. Aunque no se puede decir, que los adultos no colaboren (con ganas), en la formación de esa postura de desafecto adolescente. Suelen ser los promotores de lo que podemos llamar Síndrome de Estocolmo del Adolescente Perdido.