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  • Y ya desde un principio…

    … no sabemos bien que hacer.

    Porque, el atisbo de bipolaridad pensante que nos invade en nuestra adolescencia, empieza por no saber que camino tomar, cuando la SAD nos acosa fuertemente.

    Por un lado queremos regenerar lo que está socialmente anquilosado, pero, por el otro, tememos el resultado a que nos puede llevar esa lucha generacional. Porque el mandato genético nos puede meter en un pozo sin fondo, o por lo menos sin que sepamos muy bien como buscar la salida. Aunque debemos considerar que, si queremos ser diferentes, en el pozo vamos a acabar más o menos igual. Hasta que consigamos salir de él.

    Y aquí vienen a cuento todas esas herramientas, que, tanto decimos, se tienen que llevar en la mochila del adolescente. Porque ya no llega con tener la capacidad de regenerar, por ejemplo, una avería en las cañerías de la casa, si no tenemos el material necesario para hacer ese arreglo. Pues regenerar la sociedad es aún más trabajoso.

    Ya lo dijimos bien claro. El aprendizaje cuesta, tanto como al Pavese hacer sus poemas. Y sin las herramientas adecuadas no hay poema que nos pueda salir del cerebro. Porque las musas suelen estar a sus cosas y del corazón no sale nada más que sangre, bombeada de un sitio a otro de nuestro cuerpo.

    Por eso la mirada del Antoine, en el final de Los 400 golpes, lo resume todo perfectamente : ¿Hacia dónde ir? ¿Qué necesito ver?

  • Y, para colmo, encerradas…

    … en un puto manicomio!!!

    Además de invisibles. Porque esa SAD no quiere admitir tu diferente opinión o comportamiento. No permite que tu maduración sea natural y libre, obligándote a seguir las normas impuestas por el poder establecido, aunque ello suponga una merma en tus libertades individuales.

    Y como decía el otro (Foucault), para eso se inventaron las cárceles. Y los manicomios, si el delito no es grave. O las iglesias, para acomodarte desde la infancia en el banco de la oratoria. Que no tiene nada que ver con el Cicerón, sino con estar orando (rezando)todo el santo día, siguiendo al profeta de turno. Buscando siempre el final del agujero negro, donde te han metido de por vida.

    Y esa será la vida de algunos. Los que podemos llamar diferentes. Los otros, los «iguales» (al modelo social predominante), serán simples guardianes de ese pozo, y vivirán bien adaptados a las normas sociales, sin disidencia alguna. Y por eso se les llama gente «de bien».

    A la mujer «normal» se la puede invisibilizar, dentro de la organización social «normal». Pero a las diferentes, se les necesita recluir en lugares muy cerrados, para que no molesten a los «normales». Así se crearon los conventos y los prostíbulos.

    Y este encierro es bueno hacerlo pronto, lo mejor en la etapa adolescente. Cuando , como decimos, va a explotar esa capacidad innata de regeneración de la SAD (sociedad adulta dominante). Y tiene, el poder establecido, la necesidad de neutralizarla.

  • Aunque algunas (muchas)…

    … son también maltratadas!!

    Porque si eres hembra, en una sociedad adulta dominante (SAD) tan machista como esta, noviembre de 2023 en cualquier parte del planeta, serás objeto de un proceso de invisibilización, en el mejor de los casos, y de un maltrato generalizado, en el peor.

    No te dejarán ver, dentro de ti, ni siquiera mirar con libertad, aquello que te rodea. Puede que hasta te quiten a tu hijo cuando nace, para que seas aún más invisible.

    No podrás ser curiosa, ni mucho menos observar la realidad circundante. No podrás prestar atención y mucho menos confiar en los demás seres humanos. Unos por machos y otras por tener injertado un Síndrome. Lo que aquí llamamos el Síndrome de Estocolmo Clandestino Machista (SECM). Tener este síndrome supone tomar conciencia, y volvemos a la toma de conciencia tan comentada hace tiempo, de que la mujer es invisible. Y que así debe seguir siendo, ya que la mujer con tal síndrome debe querer que se siga manteniendo. Tanto la causa como su efecto.

    Y siempre ayudando al macho, para que mantenga su dominio, como político, como amo de casa e, incluso, como maltratador de tus propios hijos.

    No olvidemos que, hasta en las bandas pandilleras de barrio, la mujer es subalterna, para ayudar, por activa o por pasiva, a mantener el dominio del macho alfa.