
Así que volvamos a nuestras crías humanas, porque aún estamos en el estudio de las primeras fases de su vida. Tenemos mucho que ver aún sobre los caminos que llevan a ese futuro. Que es la meta de todo ser humano, que ha nacido y quiere seguir para delante.
Y una meta muy ansiada suele ser la de llegar a ser un humano feliz, aunque no se sepa nada de lo que eso significa (el recién nacido). El problema, para los adultos también, es que la felicidad no existe, por mucho que nos pongamos en modo Sócrates a discernir lo que es la Felicidad, para los seres humanos, paseando por cualquier Academia Filosófica.
Lo único que puede existir, si es que nos lo fijamos mentalmente, es la meta de llegada a esa Felicidad… pero como buena meta límite, es una meta inalcanzable… como en la vuelta a Ítaca, la meta no existe realmente (solo en la cabeza de Homero), lo que sí existe, es el viaje.
Así que podemos hacer de Odiseo e intentar llegar, aunque la Ítaca inicial haya desaparecido… o nos quedemos por el camino a merced de Circes y Lestrigones, pero sin la ayuda esencial de una Atenea. Aunque lo que sí existe, es algo a lo que podemos llamar INOCENCIA, que no es una meta, sino un punto de salida.
Y, en el viaje de vuelta, será dónde podemos perderla, esa inocencia, en pequeña o en gran cantidad. Decimos “de vuelta”, porque, a diferencia de Odiseo, nuestra Troya está en la adolescencia, una auténtica batalla vital, mientras que nuestra adultez será el viaje de vuelta. Y sí, llegamos a completarla… entonces, podemos decir que logramos ser uno mismo.








