
Porque, si algo queremos «dejar», tuvimos antes que existir. Y para existir debemos pensar en nosotros, en nuestro yo. Lo que supone (como ya dijimos) que necesitaremos a otro ser humano que nos ayude a repensarnos : en nosotros (nuestro yo) después de haber pensado en el otro (su yo).
Y aquí no se hablará de Adán y Eva, sobre el asunto primordial de que el hombre, hecho de barro, necesitaba a una mujer (Yahvé dixit), que se hizo de una costilla (Génesis). A fin de cuentas una cierta forma de barro evolucionado. Ni tampoco de otras formas, que alguna otra religión no laica haya decidido convocar, como primera pareja humana.
Tampoco vamos a retroceder millones de años, para estudiar como hacían los precursores de los percebes, cuando decidían aparearse. Ni siquiera como hacen los gatos ahora. Sea el simple gato casero o el temible león de la sabana.
Pero después de reflexionar desde un punto de vista sociogenético, sobre el ser humano macho y la ser humano hembra, por separado, tocará ver qué pintan ambos a la hora de juntar sus comportamientos individuales y sociales, en relación a ese objetivo, en principio natural, que es su reproducción. Ya que es lo que, precisamente, los define como seres vivos.
Y si hay dos sexos, porque la naturaleza , sea lo que eso sea, decidió partir de esa situación, no vamos a ser más chulos que ella y partir de otra posición teórica diferente. Porque no sabemos a dónde llegaremos, pero sí de dónde partimos : macho y hembra se buscan (o no), para cumplir con esa necesidad vital de que la especie siga reproduciéndose.

