
… somos todos niños malcriados.
Unos más y otro menos. Especialmente si nos trataron demasiado bien o en modo abandonado. En ambos casos, criarse en los extremos, se nos genera una personalidad difusa, caótica a veces, que remata por ser desafiante, incluso cuando no toca. O, aún peor, derivamos en un desquicie mental que nos deja inoperativos. Aquí también podemos usar lo de un adn social negativo, en vez de personalidad. Porque es ese adn social adquirido el que nos va a inducir que padezcamos el SECM ayer indicado o, por el contrario, estemos de él liberados.
En una peli se habla de la inocencia interrumpida, algo que se asemeja a lo que aquí llamamos pérdida de la adolescencia. Un concepto algo más científico, ya que eso de la inocencia infantil, no deja de ser un constructo social, tan bíblico (pecado original, Herodes…) como de multiuso, lo que difumina su importancia social. Igual que el abuso de la palabra libertad, va a depender de quien tiene el poder establecido.
La libertad de elegir, la falsa libertad real, es una trola que nos insuflan desde muy pequeños. Tanto la familia como las iglesias (segunda familia tradicional) se afana por comernos el coco, con esa pamema de que seremos libres para elegir destino. Y que solo de nosotros depende que nos ganemos un Cielo. Mientras los sacerdotes hacen de su sotana un saio.
Y eso lo repite, por activa y por pasiva, una institución que parte como premisa de que todos nacemos con un pecado original. Del que no somos responsables en absoluto, pero del que nos deben perdonar. ¡E incluso perdonarnos!
El auténtico diluvio no fue el de Noé, sino el de la Santa Hipocresía Religiosa, que nos ha dejado sin posible inocencia original. Y que nos pide buscar el perdón en sacerdotes que, muchas veces, son más pecadores que nosotros.