
Entre las muchas insuficiencias «humanas» que tiene la mamá robótica de I am mother, echamos de menos su sonrisa. Ni la tiene, ni mucho menos le notamos la capacidad de reír, aunque la tuviera enlatada… no es lo mismo.
¿Cómo aprenderemos a reírnos, si no tenemos un ejemplo claro de que es la risa?… ¿Y quién no debe acercar la risa a nuestra vida… nuestra madre… o en su defecto, el padre o algún familiar… pero que sea rápido, porque los biogenes necesitan refuerzo lo más pronto posible.
Y si no hay refuerzo de la empatía que se intercambia entre madre y cría, ¿cómo construir la sonrisa? O hacer que se sienta el placer de estar juntas.
La caricias de mamá son cruciales, ya lo decíamos ayer, para sentirse seguro en la nueva realidad que nos toca vivir. Pero hay una caricia, que no supone contacto corporal, aunque es vital para animar al bebé. Y es esa sonrisa de mamá cuando está con nosotros… no hay nada comparable, algo que nos pueda llenar de mucha tranquilidad y placer. No es la inexistente felicidad, de la que se habla tanto, pero será siempre lo que recordaremos como el instante en que más cerca hemos estado de tenerla apretujada entre los pliegues de nuestra joven piel… Porque no podemos razonar aún, pero nuestra incipiente inteligencia emocional está muy cerca de notar que eso que sentimos es una forma de estar en un paraíso.
Y todos sabemos que una risa artificial, no sentida, aún en la boca de un humano, no refuerza la empatía, sino todo lo contrario, se aprende a sentir la antipatía, a desconfiar de esa falsa sonrisa, ya antes de empezar a andar. O sea, ¿de dónde vendrá, que el rictus más común en el ser humano, sea el de la antipatía, en vez de ser el de la simpatía? ¿Ganamos algún concurso especial, para que los humanos no sepamos sonreír con sinceridad?

